Ven a visitarme.
Hagamos como si los últimos meses no hubieran sucedido.
Corramos por Nápoles, durmamos en Venecia o follemos en Begona.
Yo te veré y pensaré ahí va el hombre de mi vida.
Me quitaré las gafas y nos aplastaremos en un interminable abrazo, nos separaremos unas milésimas de segundo, suficientes para no poder resistir a besarnos.
Primero en la frente, luego en los labios.
Como si un día no hubieses dejado de sentirte realizado.
Huyamos.
Pero seamos realistas.
Nos abrazaríamos temblando de desesperanza.
Nos quitaríamos la ropa entre remordimientos.
Querríamos salir volando por la ventana del hotel para no volver.
Al despedirnos yo haría alguna broma, tu pondrías esa sonrisa arqueada para salir del paso.
Se nos inundarían los ojos a la vez que sucedería otro abrazo tembroroso.
Embarcarías.
Yo me giraría y lloraría durante todo el retorno.
Y una vez en mi destino la tristeza volvería tras una ligera tregua de un fin de semana.
Aún así, ven.
Necesito tus palabras, tu aura.
Añoro tu energía y tu mirada.
Quiero hacer el amor mientras me haces sentir valorada.
Echo de menos nuestra pasión y el olor de tu sudor.
Preciso de tus pensamientos, quejas y sabiduría.
Esto es un mensaje a la desesperada.